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16 sept 2009

Un joyero


Un joyero. Su título de ingeniero resultó inútil al emigrar a Sudáfrica. Le gustaban las antigüedades y el oro. Se convirtió en joyero y se casó. Excéntrico y polaco, Jarek fue un buen amigo. Hablábamos del país y de historia y al despedirnos, me regaló una caja con monedas de países extintos, un tesoro barato donde relucen emblemas patrios de gobiernos malditos: el Irán del Sha, Austria-Hungría e incluso de la mismísima República Española.

8 sept 2009

Orgulloso y patriótico septiembre.

Septiembre. Símbolos patrios, restos de la lluvia del medio día. Tráfico para venir, para trabajar. Tráfico siempre. Pensando a vuelta de rueda. Próceres. El trabajo, tribunales, los parqueos. Banderas, banderitas. República. En España pensé y se me vino a la mente Hemingway. Termino de fumar y cierro la ventana. Amenaza mas lluvia, en la radio demasiados anuncios. Al lado, en la fila, dos hombres en una moto. Cascos, chalecos, pistolas. Golpes, ventana de la van vecina rota. Más miedo, otro robo. Impotencia. Y la fila del tránsito avanza un poco más.

9 ago 2009

Primeros resultados: Infancia

Su abuelo le regaló una edición infantil de Robinson Crusoe. Comenzó a leérsela. Sólo la primera página, mijo, si te interesa el resto, acá te dejo el libro. En silencio, curioso y cómplice, lo inició en el secreto de los libros.

23 jul 2009

Pobres gentes por Lev Tolstoi

En una choza, Juana, la mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela vieja. Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa... La noche es fría y oscura, y el mar está tempestuoso; pero en la choza de los pescadores el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra apisonada está cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros relucen, en el vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco niños, arrullados por el bramido del mar agitado. El marido de Juana ha salido por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el rugido de las olas y el aullar del viento, y tiene miedo. Con un ronco sonido, el viejo reloj de madera ha dado las diez, las once... Juana se sume en reflexiones. Su marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la noche. ¿Y cuál es el resultado?, apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies: tanto en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de trigo; y aún tienen que dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno. La base de su alimentación es el pescado. "Gracias a Dios, los niños están sanos. No puedo quejarme", piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la tempestad.
"¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de él", dice, persignándose. Aún es temprano para acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza, enciende una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja el cielo, si hay luz en el faro y si aparece la barca de su marido. Pero no se ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la puerta de la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la vecina enferma. "No tiene quien la cuide", piensa, mientras llama a la puerta. Escucha... Nadie contesta. "A lo mejor le ha pasado algo", piensa Juana; y empuja la puerta, que se abre de par en par. Juana entra. En la choza reinan el frío y la humedad. Juana alza la linterna para ver dónde está la enferma. Lo primero que aparece ante su vista es la cama, que está frente a la puerta.
La vecina yace boca arriba, con la inmovilidad de los muertos. Juana acerca la linterna. Sí, es ella. Tiene la cabeza echada hacia atrás; su rostro lívido muestra la inmovilidad de la muerte. Su pálida mano, sin vida, como si la hubiese extendido para buscar algo, se ha resbalado del colchón de paja, y cuelga en el vacío. Un poco más lejos, al lado de la difunta, dos niños, de caras regordetas y rubios cabellos rizados, duermen en una camita acurrucados y cubiertos con un vestido viejo. Se ve que la madre, al morir, les ha envuelto las piernecitas en su mantón y les ha echado por encima su vestido. La respiración de los niños es tranquila, uniforme; duermen con un sueño dulce y profundo. Juana coge la cuna con los niños; y, cubriéndolos con su mantón, se los lleva a su casa. El corazón le late con violencia; ni ella misma sabe por qué hace esto; lo único que le consta es que no puede proceder de otra manera.
Una vez en su choza, instala a los niños dormidos en la cama, junto a los suyos; y echa la cortina. Está pálida e inquieta. Es como si le remordiera la conciencia. "¿Qué me dirá? Como si le dieran pocos desvelos nuestros cinco niños... ¿Es él? No, no... ¿Para qué los habré cogido? Me pegará. Me lo tengo merecido... Ahí viene... ¡No! Menos mal..." La puerta chirría, como si alguien entrase. Juana se estremece y se pone en pie. "No. No es nadie. ¡Señor! ¿Por qué habré hecho eso? ¿Cómo lo voy a mirar a la cara ahora?" Y Juana permanece largo rato sentada junto a la cama, sumida en reflexiones. La lluvia ha cesado; el cielo se ha despejado; pero el viento sigue azotando y el mar ruge, lo mismo que antes.
De pronto, la puerta se abre de par en par. Irrumpe en la choza una ráfaga de frío aire marino; y un hombre, alto y moreno, entra, arrastrando tras de sí unas redes rotas, empapadas de agua. -¡Ya estoy aquí, Juana! -exclama. -¡Ah! ¿Eres tú? -replica la mujer; y se interrumpe, sin atreverse a levantar la vista. -¡Vaya nochecita! -Es verdad. ¡Qué tiempo tan espantoso! ¿Qué tal se te ha dado la pesca? -Es horrible, no he pescado nada. Lo único que he sacado en limpio ha sido destrozar las redes. Esto es horrible, horrible... No puedes imaginarte el tiempo que ha hecho. No recuerdo una noche igual en toda mi vida. No hablemos de pescar; doy gracias a Dios por haber podido volver a casa. Y tú, ¿qué has hecho sin mí?

Después de decir esto, el pescador arrastra la redes tras de sí por la habitación; y se sienta junto a la estufa. -¿Yo? -exclama Juana, palideciendo-. Pues nada de particular. Ha hecho un viento tan fuerte que me daba miedo. Estaba preocupada por ti. -Sí, sí -masculla el hombre-. Hace un tiempo de mil demonios, pero... ¿qué podemos hacer?

Ambos guardan silencio. -¿Sabes que nuestra vecina Simona ha muerto?

-¿Qué me dices?

-No sé cuándo; me figuro que ayer. Su muerte ha debido ser triste. Seguramente se le desgarraba el corazón al ver a sus hijos. Tiene dos niños muy pequeños... Uno ni siquiera sabe hablar y el otro empieza a andar a gatas...

Juana calla. El pescador frunce el ceño; su rostro adquiere una expresión seria y preocupada.

-¡Vaya situación! -exclama, rascándose la nuca-. Pero, ¡qué hemos de hacer! No tenemos más remedio que traerlos aquí. Porque si no, ¿qué van a hacer solos con la difunta? Ya saldremos adelante como sea. Anda, corre a traerlos.

Juana no se mueve.

-¿Qué te pasa? ¿No quieres? ¿Qué te pasa, Juana?

-Están aquí ya -replica la mujer descorriendo la cortina.

14 feb 2009

Calzoncito corazón


En su cabeza le cambió la letra a la canción para recordarse más tarde de ese momento. El hecho que ella se levantara de la cama a traer el cenicero sólo en su bonito calzoncito celeste y anduviera por el cuarto tan tranquila y confiada le daba también cierta paz. Paz entre sábanas. Paz suave, paz solemne y se podría decir que una paz un poco nerviosa.

Pensó que si así se resolvieran todos los problemas del mundo, se ofrecería de voluntario conciliador, ad honorem y con mucho gusto, aquello de haz el amor y no la guerra. El sexo es al final de cuentas ejercicio y antidepresivo natural.

Tantas ideas tan ciertas que una vez más le salen a la mente, momentos de los que no podrá ir hablando por allí, sensaciones que se quedan escondidas; presentes pero idas, casi ausentes de su diario vivir, la rutina, que a veces explota en circunstancias propicias, pero sobre las que fantasea cuando puede.

Divagando pensó que quería darse la vuelta para mirarla pero no se atrevía, como esperando alguna maldad o enojo por su parte. Lentamente se volvió temblando al oír el murmullo de su ropa al ponérsela.


Calzoncito corazón, excusa cariñosa para poner en el blog cuatro párrafos… queda pendiente el resto de la historia para mejor oportunidad.

12 feb 2009

El puro diario vivir

Donde te vas dando cuenta que las historias que alguna vez contaste eran pajas y que de donde las sacaste resultó ser un grupito así mero malparido de recuerdos, rencores y sustos mezclados, es donde pensás que al final de cuentas, la casaca fina con la que te desenvolvés frente a los demás sólo es un don que hay que saber aprovechar.

Rollo no muy distinto con las chavas y desde siempre, ese tu ánimo de fisiquín inyectado, aretito en la ceja, botas norteñas y moto de mensajero, encima con la plática cantineadora que te ayudaba en el éxito que tuviste con ellas. ¿Con cuantas andabas? ¿seis? ¿ocho? Te acordás bien de los nombres, a lo macho, seguro que sí por que además llevabas la cuenta, en una libretita reciclada del liceo que tenías guardada, parece que fue ayer que en el elevador de la U la conociste, un poco esperanzador “Marcela” y el teléfono fue lo que le lograste sacar en esa primera plática.

Poco a poco fuiste haciendo callo, al principio te mandaban a volar todas, después la mitad y entonces eran ya muy pocas las que se perdían de la forma que las mirabas, las charadas que decías, los lujos a los que las invitabas.

Nada mal lo que tenías en ese entonces, las averías que hacías con algunas chavas casadas, las ravers ricas que te conectabas de vez en cuando, las dos israelíes de San Pedro la Locura, las nenas prohibidas que se te metían en las fantasías, las colegialas de la zona uno que te levantabas con los cuates, que de subirles las faldas no pasabas, por que les daba pena, las gringas de La Antigua, un par de gordas y una pizadita esquelética que hacía maravillas en la cama.

Tus rocambolescos y lascivos recuerdos se fueron apagando, deslizándose por la corteza de tu trozo derecho de cráneo, a la par cabal del montoncito de tierra que te sirvió de almohada sucia cuando te desplomaste, justo en el momento en que te terminaron de registrar los bolsillos, tratando como estaban los tipos esos de no mancharse con tu charco de sangre, tu cara que se estaba escurriendo lentamente por el asfalto gris de la barriada pobre esta.

Con un poco de pena y algo de ternura profesional –sí, como el de las putas- , los técnicos de chaleco negro te limpiaron el resto la cara para tomarte video, las pepitas de metal que tenías incrustadas desde el hombro izquierdo habían dejado un olor a pólvora y a carne viva que comenzaba a hacerse notar allí en el abrasador atardecer de la zona dieciocho. Sin tus papeles y con el tatuaje en el hombro, el de la rosa roja, que te pusiste hace tres años, te bautizaron marero aunque no lo fueras, decidieron que seguro tu ropa de vendedor era una mentira y declararon que “en algo andabas metido”, desaparecieron tus zapatos y cadena y te condenaron a no tener nombre, a que en tu casa tus hermanos no supieran de vos esa noche y a que fueras portada en Nuestro Diario al día siguiente; entre Miss Fashion Florida y los goles de Messi, bajo tu chingado pero breve epitafio:

“ASESINAN A MENSAJERO
a escopetazos muere hombre en San Rafael, Zona 18.
Lea todo página 3”

3 jul 2008

Zapatos tenis blancos Adidias vintage comprados por aproximadamente Q300

Cada familia, aunque parta de una misma raíz, de un tronco madre, cada familia es distinta. Beto tuvo la suerte, si se le puede llamar así, de haber vivido la mayor parte de vida rodeado de muchos primos, primas, tías y tíos que de una u otra forma habían influido en su desarrollo, vida.
Resulta que hoy su primo Javier cumplía años y en plena fiesta llegó su manager (el primo es presentador de televisión y futuro cantante) le regaló un par de zapatos Puma, recíen adquiridos en Miraflores, de seguro. Al abrirlos, los agradeció y siguió en lo suyo, destruyendo canciones en karaoke, entretenido.
Sin darse cuenta Beto se dió cuenta que estaba pensando en adorados tenis blancos Adidas vintage que compró por el aproximado de Q300 en el extranjero y que le han acompañado por los últimos siete años, diríase, alrededor de un pedazo de planeta. Zapatos que en ese momento llevaba puestos y sigue adorando.
Pensó, si no estaba envidiando el guardarropa de su primo, si podía llamar envidia el hecho de tener toneladas de zapatos, ropa y accesorios nuevos, regalados, un mánager y fans alocadas.

Verán, es un tema recurrente en la familia de Beto, la envidia que unos sienten de los éxitos de los otros, unos cantan, otros ganan dinero, unos cuantos tienen éxitos académicos, otros tienen hijos, otros han viajado, otros han emigrado pero seguro todos han sido envidiados.
Supongo que todo se resume a que la diferencia de crianza se agranda con los años y con las desiciones individuales que se toman. Será también a que los nuevos Puma del primo de Beto, comprados por compromiso por su manager en pleno stress no me gustaron, medio color beige, medio limón que cuento esta historia, queriéndola meter a fuerza en una parábola digna de recordarse.
Supongo que todo radica en que Beto ama sus zapatos tenis blancos Adidas vintage que compró en el extranjero por un aproximado de Q300 hace siete años, cuando lucían y se sentían cómodos, cuando todavía tenía cierta certeza en un futuro, cuando el límite del fracaso era palpable, pero aún no evidente. Tal vez cuando no tenía amigos alejados como yo, tal vez cuando aún le gustaba la lluvia que ha estado cayendo como maldición encima nuestro por todo un mes.
Pero todo sigue rondando en la mirada de tedio y obligación que notó cuando el primo estaba abriendo el paquete... unos zapatos que ni se va a poner en la vida ni conocerán las aventuras de los viejos y gastados Adidas de Beto.
Algún día contaré un par de esas historias.

1 may 2008

Cuentos cortos en Guate

Primera vez en el Cien Puertas, primera vez en años yo solo en la zona 1, primera vez en una presentación de un libro. Sin embargo, no me sentí tan fuera de sitio como en otros lugares.
La paranoia obsesiva de caminar en la zona uno de la Ciudad de Guatemala, a pocas cuadras de donde nací y en la misma delimitación municipal donde me crié y en el mismo departamento donde he vivido gran parte de mi vida, fue nueva.
Como guatemalteco, creo que uno se mantiene paranoico manejando en el carro, en el bus extraurbano, pero ese no es el problema, la verdad fue una sensación casi estimulante.
Mucha gente en la presentación, la mara cervezeando contenta y yo saludé a un par de conocidos, por primera vez, prometo de alguna forma criticar los cuentos.
Primera vez para ese par de cosas, ojalá no sea la última.

7 abr 2008

Cuando se iba la luz y se fue el presidente

¡Hay, se fue la luz! Dijo mi mamá, mientras que a nosotros nos caía de repente la frustración de tal vez ya no poder ver el final del capítulo de los miércoles de Guardianes de la Bahía. Era una época en que mirábamos la serie no por las años después fascinantes curvas que se dibujaban en el uniforme de salvavidas de las rubias ricas y tontas del programa, lo veíamos por que era nuestra costumbre, las historias eran entretenidas y aún no habíamos iniciado nuestra educación sarcástica que más tarde nos darían los Simpson. Habíamos llegado tarde a la casa, vivíamos en lo que entonces eran las afueras distantes de la ciudad, entre montañas pinultecas donde el ambiente a granja todavía existía, previo a la rápida y masiva urbanización de principios de siglo. La televisión, de blanco y negro, vieja herencia que nadie sabía de donde había salido, fue desconectada por mi hermana, mientras yo sacaba de la alacena las candelas y fósforos para sacarnos de la oscuridad que sólo las luces de la carretera, algo lejanas, nos regalaban. Puse la radio de baterías de la muchacha, que estaba guardada cerca de la pila y nos pusimos a oír lo que fuera, rancheras, evangélicas, noticias. Esa mañana, camino al colegio, fuimos escuchando la radio, mi mamá dijo que era importante, pues el presidente, ya cansado de los diputados ladrones, había dicho que quería reformar al Congreso y mejorar la situación de todos los guatemaltecos. Siempre me había interesado lo que tuviera que ver con soldados y policías y desde ese día comenzamos a ver a muchos, más que lo normal, y yo me sentía contento de que el presidente, que había tenido en su campaña una canción que nos gustaba mucho, a mi hermana y a mí, se atreviera a hacer algo importante. Recuerdo que cuando ganó, dijeron que era evangélico y mi miedo era que fueran a prohibir las procesiones. Ahora, cuando pregunté qué significaba que ya no iban a permitir reuniones masivas, me dio miedo que fueran a prohibir los partidos de fút. Esa noche, en la radio no dijeron nada interesante, puras quejas de la gente que llamaba al locutor muy enojados hablando del corte de luz, de los precios de la canasta básica, del transporte urbano, de la corrupción, que era una palabra muy fea y sonaba mucho y de que el presidente no tenía por que haber mandado a los soldados a perseguir gente. Yo sabía, no era secreto, que en las montañas lejanas, cerca de Pana había guerrilleros y el Ejército los perseguía. Me avergonzaba que el Ejército, tan grande y organizado fuera a perseguir a valientes tipos que llevaban años peleando. En mi casa se les tenía una cierta simpatía, cada Día del Trabajo mi papá ponía discos con música andina y gritos, no se, eran dramáticos y siempre me ha gustado el gesto del drama, lo chistoso y lo trágico. En el colegio no se sabía nada, a nadie le interesaba nada que pasara fuera de la tediosa rutina disciplinaria que nos imponían. De vez en cuando, en pleno recreo en el patio grande, aparecía una caravana de elegantes carros negros y siempre decían que allí iba el presidente, a distraerse a jugar golf al Mayan Club, y para nosotros era interesante que el presidente hubiera escogido ese club y era un privilegio que pasara por enfrente del colegio, rompía el aburrimiento de la clase de física. Pensando en esto mi mamá nos pidió que nos termináramos la sopa de verduras, ya algo fría y siempre de mal sabor, para pasar a lo rico, los frijoles de lata, las tortillas y el queso de capas, que siempre comíamos con huevo por las noches. Supuestamente en las noches era la única comida que compartiríamos toda la familia junta, pero mi papá en esos días trabajaba mucho y nosotros cenábamos temprano, dejando la convivencia familiar para los desayunos rápidos y los domingos largos, mi mamá siempre nos daba mucha verdura, sobre todo acelga, espinaca y ejotes, que yo detestaba y a veces nos premiaba por cosas del día con una lata de leche condensada, cuidando siempre de no cortarse uno la lengua con el envase metálico y de vez en cuando con leche caliente con chocolate, y hasta podíamos sacar pajilla para tomarla, todo un privilegio. Unos días después, saliendo de clase de natación, escuché la conversación de que el presidente había renunciado y se había ido por avión a otro país. Un compañero nos dijo que el Ejército había querido botar el avión, pero que no se había podido, me dio miedo que los soldados ya no se fueran a ir del centro y que tuviéramos que tener siempre cuidado de que decíamos con otras personas, claro que en mi casa no importaba, pero ya donde mis primos todo era distinto, mejor ni hablar de ciertas cosas, cómo se trataba en tu casa a la muchacha, que era mejor conocer Disney o Los Ángeles que Tikal, que algunos tenían jardinero de fijo, dos muchachas y hasta cocinera, era interesante y a mí me dio mucha pena que el presidente que todos queríamos y había tenido un discurso tan bonito en el estadio Mateo Flores cuando se volvió presidente, se tuviera que haber ido, pobre. Esa noche estábamos reventados, y sin televisión nos pusimos desesperados, recién llegados a la casa, mi mamá siempre nos exigía que nos quitáramos el uniforme del colegio, pero yo no lo hacía, por que recordaba por la televisión que los importantes hombres de corbata nunca se quitaban su traje ni para cenar con sus novias o sus familias, las telenovelas se encargaron de darme la imagen del hombre fuerte que llega agotado a su casa a comer y dormir, como hacía mi papá, al que temíamos mucho, aunque ni mi papá ni yo usáramos corbata nunca. En esos días, siempre íbamos a visitar a doctores, pasábamos tardes enteras esperando en salas llenas de niños, más pobres o más ricos que nosotros, pues nos daban las consultas gratis, pues mi papá era amigo de todos los doctores de la capital. Esa noche, llegamos después de esperar horas en ese feo edifico que está enfrente del Palacio Nacional, desde la ventana se veía una gran manifestación, siempre habían manifestaciones, unas señoras que mi papá decía eran muy huevudas y que siempre estaban en contra de lo que el Gobierno y el Ejército dijeran organizaban gente para manifestar, a veces venían de lejos, a veces eran estudiantes, a veces gente que vivía en los barrancos. Los policías usaban gases para darles miedo y que se fueran, yo en ese tiempo tenía un libro de historia y me encantaba ver a los policías con cascos y máscaras, me figuraba que estaban en el Frente Occidental, peleando las batallas de Verdún o del Somme, en la prensa siempre salían unas fotos muy buenas. Después de la cena, mi mamá nos dijo que ya nos fuéramos a dormir, para nosotros era un lujo ya no tener que compartir cuarto, en esa casa nueva que quedaba lejos del colegio cada uno tenía un cuarto grande que se miraba vacío con nuestros muebles y camas. Ya estábamos en pashama, ya mi hermana se estaba durmiendo, cuando escuchamos el sonido de las llaves cerca de la puerta, y sólo podía ser mi papá el que hiciera ese sonido, así que nos levantamos y le fuimos a dar su abrazo de buenas noches, por que cuando no lo hacíamos, por que estábamos viendo televisión, mi papá decía que parecía que un chucho había entrado por la puerta y nadie lo iba a saludar. En ese tiempo, todavía no ironizábamos nada, por que a los años, cuando repetía lo del chucho, nos hacíamos los chistosos y de hecho buscábamos al famoso animal. Esa noche, después de rezar, ya no sintiendo el frío que siempre daba por que vivíamos en las montañas, me dormí, poco a poco, viendo poquito de luz que salía desde el cuarto de mis papás, pensaba en lo que había visto ese día, que de grande quería contar esas cosas, que ya mejor me dormía.
Santiago Atitlán, Octubre 2007