24 jul. 2015

Lectura bíblica ¿Sí o no?

Se puede discutir cuál ha sido la reforma social, política y económica más influyente al día de hoy en la historia independiente de Guatemala. ¿La caída de Mariano Gálvez y la disolución de la Federación? ¿La Revolución del 20 de Octubre de 1944? ¿Los Unionistas que en la “Semana Trágica” derrocaron al dictador Estrada Cabrera? Interesante debate histórico, pero no hay duda que la Reforma Liberal, emprendida primero por Miguel García Granados y luego, con su infame pero efectivo puño de hierro, por Rufino Barrios, quienes lograron, en la séptima década del siglo XIX lo que ya hacía un siglo había pasado en Francia y luego de grandes luchas, pasó en el México de Benito Juárez: la separación entre Iglesia y Estado, una de las condiciones, de las “aplicaciones” que según Niall Ferguson significó la aceleración de la Civilización Occidental por sobre sus competidores.

La desamortización de los bienes de la Iglesia Católica en Guatemala, la exclaustración y expulsión de clérigos, la brutal lucha de Barrios con tal de obtener más poder sin duda tuvo efectos negativos en la historia, pero rompió el monopolio educativo que esta institución tenía en el país, al haberse fundado el sistema educativo nacional, de carácter laico, hecho histórico que le imprimió un carácter distintivo a la Iglesia en Guatemala –en México, se llevó tal separación a límites insospechados y violentos, lo que derivó en la convivencia priista-.

Existe una fuerte y legítima preocupación de las iglesias cristianas –pienso que de todos los guatemaltecos- sobre la grave situación en que se encuentra tanto la calidad como la cantidad de educación que reciben los estudiantes de primaria y secundaria y tal preocupación también abarca a los valores éticos y morales que les puedan ser enseñados a niños y jóvenes.

Tal preocupación debe ser atendida en su conjunto, pero no con legislación que fortalezca una visión o creencia –la que sea- de forma obligatoria, ni pretender que sólo leyendo y orando se logran revertir años de abandono y violencia. El capital social positivo, -lxs jóvenes guatemaltecxs- en cambio, necesita para educarse y trascender una entidad rectora fuerte, depurada de corrupción y realmente enfundada en una mística cívica que no sólo controle y vigile la educación pública, la cual pienso, debería irse delegando en las municipalidades, sino que vele por la educación privada. El rescate institucional es el que debe desvelarnos, el tener un Ministerio de Educación robusto y limitado, pero no que se imponga la lectura de la Biblia de forma obligatoria en ninguna instancia del sistema educativo nacional.

Los años formativos son de descubrimiento y maduración de la fe personal y si de hecho se desea tenerla. Si esta, como ha ocurrido tantas veces, se impone con toda la firmeza del castigo y la fuerza del Estado e iglesias, sólo logrará generar rechazo, huida y apatía.

Como creyente y católico, no pongo en duda las ventajas de la lectura personal de la Biblia, ni de la oración comunitaria, la alabanza y las celebraciones cristianas asociadas a tal creencia, ni siquiera la temprana educación religiosa, pero la iniciativa de ley presentada al Congreso de la República hace unos días es una grave violación a la libertad que puede sentar un peligroso precedente que va a volverse en contra de las instituciones religiosas además de fortalecer al Estado en un área donde en mi opinión no debe meterse: la conciencia de cada uno de los ciudadanos.

Aparte de la coyuntura actual, de la parálisis del Gobierno y las cortinas de humo de los baldizonistas, no hay duda que estamos siempre a punto de pasar del Estado ausente, fallido, débil que no puede controlar la evasión fiscal, ni prestar servicios públicos decentes y el Estado fuerte con el débil, aquel necesitado campesino, el contratista enemigo, el rival político. Me refiero a ese “eficiente” Estado que mató personas en la Cumbre de Alaska, el del Capitalismo de Cuates.


Queda entonces entender que no se trata de un conflicto entre cristianos y no cristianos, entre ateos y creyentes, entre diputados de LIDER y científicos de la sociedad civil, sino el entender que obligar a los estudiantes de primaria y secundaria a leer, no es la forma ni la vía de mejorar el capital social positivo, ese que desesperadamente necesitamos si en algún momento vamos a levantar el país. Opongámonos a esta iniciativa de ley, por la defensa de la libertad religiosa de todos y todas.

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